Alice in Wonderland meets James Franco


Oz, El Poderoso (‘Oz The Great and Powerful’)
2012
Dir. Sam Raimi




Sam Raimi realizando labores de dirección en una película de Disney es un hecho que suscita un buen levantamiento de hombros, aunque lo mismo se dijo hace once años cuando asumió el mando de la largamente esperada adaptación de Spiderman al cine y (supuestamente, porque yo estoy en profundo desacuerdo) los resultados fueron aplaudidos y remunerados con cantidades obscenas de ganancias económicas. Esto porque Raimi es particularmente conocido por su afiliación al género gore de bajo presupuesto, habiéndonos entregado esas maravillas del cine B que fueron Evil Dead (1981) y Evil Dead II (1987), y más recientemente, Drag Me to Hell (2009). Su rol dirigiendo una precuela para El Mago de Oz es inesperado pero, al mismo tiempo, interesante, por cuanto es curioso ver lo que su particular sensibilidad podría otorgarle a la historia de fantasía.

Oz parte modestamente bien, con una introducción apropiadamente filmada en sepia y en aspecto 1.33:1 (pantalla ‘cuadrada’, que a varios espectadores les causó shock mientras se preguntaban si toda la película se vería así de “chica”), con varios pasajes de un humor clever que le inyectan un poco de energía a una historia que se nota a kilómetros es repetidísima. Por un momento son este humor y una cierta ternura de ingenuidad la que le permiten despegarse del suelo por los primeros 30 minutos, hasta que se nos lleva de lleno al reino mágico de Oz donde la imagen adquiere un vívido color y una relación de aspecto más cercana a lo que estamos acostumbrados a ver – de acá en adelante la película se desinfla como un globo aerostático atacado por un misil; no tiene tiempo de caer de a poco, sino que explota, agoniza, y cae trágicamente al suelo para quedarse allí y morir en el olvido. No sé ustedes, chicos, pero toda esta parafernalia colorinche digital en 3D ya me tiene francamente chato – nada impresiona. Me imagino a todos los técnicos y postproductores y diseñadores de producción gastando millones de dólares intentando crear un mundo que resulte impresionante para la audiencia, pero es un recurso que se ha explotado a tal nivel que llega a ser molesto el despliegue de tantos lugares comunes de plantas con personalidad y flores musicales y toda esta belleza cliché Disney de libros para colorear.



La mano de Raimi es efectivamente notoria en varias partes, y aunque en ciertos puntos sirve para volver más dinámica la narración, sus técnicas son tan inherentemente nacidas desde y para el cine de bajo presupuesto (incluyendo ese toque ‘camp’ de gusto cuestionable que tanto le servían a las Evil Dead), que en una extravaganza de $200 millones se ven, a lo menos, fuera de lugar. El humor de Raimi también desaparece de un momento a otro, sólo para asomarse por breves segundos y luego perderse en absoluto entre modos terriblemente estándares de relatar y mover la historia.

El mundo de Oz, y la trama misma, hieden demasiado a ese bodrio reciente que fue la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton: las profecías de un mundo mágico sobre un salvador destinado a convertirse en rey que debe librar al pueblo de una maldad acartonada. La película no hace ningún esfuerzo por darle una vuelta de tuerca a sus clichés y aunque el encanto y carisma de sus actores hacen lo posible por elevar el material, Oz estaba condenada desde el principio a ser tan falsa como sus paisajes digitales, tan carentes de emociones reales como sus brujas, y en última instancia, a ser un gran y poderoso ejercicio en repetición e indiferencia.

5/10 Regular.

Would you care for some informal processing?


The Master
2012
Dir. Paul Thomas Anderson




Paul Thomas Anderson pasó de ser el chico maravilla que dirigía frenéticas y poderosas películas corales (Boogie Nights, Magnolia), a ser sencillamente el más prominente cineasta norteamericano posiblemente desde Scorsese. Ben Affleck lo comparó, justamente, con Orson Welles, y no gratuitamente: el crecimiento de Anderson es sencillamente espectacular, ofreciendo en 2007 la que ha sido ampliamente considerada la mejor película de la década 2001-2010, There Will Be Blood (o como llegó a los cines nacionales, pésimamente traducida a Petróleo Sangriento), una opulenta y ambiciosa saga sobre la avaricia y el nacimiento del capitalismo moderno en Estados Unidos. Ahora, Anderson toma otro de los vértices medulares de la espina dorsal gringa y lo convierte, esta vez, en una reflexión sobre lo que podría llamarse el capitalismo espiritual: The Master es una reinterpretación sobre el nacimiento de la cientología, y el cómo la religión o el acto de seguir una doctrina opera sobre el ser humano en tanto le otorga un propósito mientras le quita otros.

La historia sigue a Freddie Quell (un tremendo Joaquin Phoenix), un hombre de baja inteligencia, errático y alcohólico, que regresa de la II Guerra Mundial para deambular entre parajes que exponen precisamente su incapacidad para seguir un camino determinado: es un animal, movido por el instinto y el hedonismo más que por el ansia por una meta fija que involucre real disciplina y compromiso, y crecimiento personal. En estas circunstancias conoce a Lancaster Dodd (el gran Philip Seymour Hoffman), el líder de un emergente movimiento llamado La Causa, que proclama, entre otras cosas, contar con los métodos para curar la leucemia a través de un proceso de deshipnotización que utiliza los recuerdos de vidas pasadas para superar aflicciones del presente. Los dos inician una relación magnética y conflictiva que muta desde el interés mutuo a la interdependencia al odio, explorando la dinámica entre el salvajismo del deseo puro, las contradicciones y dudas de la disciplina, el efecto de la ‘religión’ sobre el alma y en particular sobre cómo funciona en individuos “espiritualmente desposeídos”.



Es una película compleja, y se nota a primera vista, no sólo por la cantidad de palabras ‘difíciles’ que he usado para describirla (já), sino por la habilidad innata de Anderson de narrar con capas y capas de subtexto en cada plano que usa, su forma de montar, y su uso de la música (acá de nuevo provista por Jonny Greenwood, conocido por su trabajo en Radiohead). Creo que el mejor ejemplo de complejidad que se puede encontrar en The Master, es verla con la preconcepción de que los tres personajes principales, Freddie, Lancaster y Peggy (la esposa del Maestro), operan como el Ego, el Yo y el Superyó freudianos: lo más instintivo y salvaje (Freddie), la hiperconciencia normalizadora (Peggy), y el sujeto que se sitúa en conflicto entre ambos (Lancaster). El trabajo de sutileza que se desprende de ver la película bajo ese prisma es nada menos que paralizante.

Es cierto, sin embargo, que los personajes no ‘progresan’ ni ‘crecen’ de la forma en que tradicionalmente te lo exigen en la escritura de un guión; Freddie y Lancaster se mueven a través de tiempos y situaciones que dejan entrever distintas facetas y cualidades, pero al final (no es spoiler, tranqui), en definitiva los personajes siguen igual. Y deciden quedarse igual, como revela el último plano de la película. Esto, sin embargo, no es tanto un defecto (a mi juicio) sino la proposición o statement que Anderson hace: el maestro de Freddie no es nadie más que sus propios impulsos, indomables, básicos y feroces pero complejos en toda su aparente sencillez. Es, después de todo, una reflexión sobre el alma. Y no sólo la de Freddie.

7.5/10 Muy recomendable.

Everything is connected


Cloud Atlas (‘La Red Invisible’)
2012
Dir. Andy Wachowski, Lana Wachowski, Tom Twyker




La narrativa coral en el cine, y particularmente su ebullición, se le atribuyen casi unitariamente a Robert Altman (Nashville, ShortCuts, The Player), un nombre que muchos desconocen injustamente; para el grueso de la gente, un ejemplo mucho más popular es la grandiosa Magnolia de Paul Thomas Anderson, o la ganadora del Oscar, pero inferior en calidad, Crash. Contar una historia a través de siete, ocho, nueve o diez personajes siempre es una decisión similar a una misión kamikaze, por el sencillo hecho de que se deben manejar una multitud de arcos y se debe encontrar la forma de unir todas esas piezas en un clímax común que se dé fluida y naturalmente. Lo interesante de Cloud Atlas es que no sólo realiza el ejercicio de contar un relato coral con un número honestamente ridículo de personajes, sino que además su objetivo es reflexionar sobre la naturaleza misma de la narrativa coral, las conexiones entre los protagonistas, y la hermosa idea de que, bajo la noción de que todos estamos conectados, explorar el cómo las acciones individuales tienen ecos en otros tiempos y realidades, a veces de formas nunca imaginadas.

Es una película sobre el efecto mariposa, sin Ashton Kutcher.

Mezcla épocas, tonos, géneros y sexos en un paquete que sólo en la descripción ya parece al mismo tiempo un desastre y una maravilla; un puñado de actores interpretan, a la Ángeles en América, diversos personajes (hombres y mujeres) que encajan con dilemas que se repiten, por ejemplo, tanto en la sección que ocurre en 1849 como en la que acontece en 2144, yuxtaponiendo la historia de un joven abogado enfermo viajando en barco hacia San Francisco, con la de un miembro de un colectivo revolucionario en el Seoul del futuro (autos voladores y rayos láser entremedio) que intenta salvar a una trabajadora/esclava destinada a convertirse en la líder de la resistencia contra el opresivo gobierno de turno. Es fascinante de ver el cómo se desenvuelven estas partículas y logran, a pesar de todo, encontrar sus conexiones particulares las unas con las otras; al final, la película no se trata sobre hilos casuales, sino en decisiones voluntarias que cambian y determinan el porvenir de un solo individuo, o de toda la humanidad. Decisión por sobre ‘designio divino’, como expone explícitamente la línea de 1849 y su dilema racial.



Ahora, la película, con todos sus logros técnicos y narrativos, es cualquier cosa menos sutil. Si bien logra estructurarse coherentemente, está plagada de decisiones de dirección bastante propias de un blockbuster estándar, con los efectismos y redundancias propias de un relato que, curiosamente, toca un tema extremadamente interesante para reflexionar, pero luego excluye toda la apelación a que el espectador mismo haga el ejercicio de pensar para priorizar explicaciones explícitas y cursis. Emocionalmente también es coja, teniendo la posibilidad de explotar una serie de sutilezas que son dejadas de lado por un tratamiento mucho más duro y repetido de ciertos puntos de trama que son realmente lamentables.

En suma, Cloud Atlas tiene todos los ingredientes para ser un desastre, pero termina siendo un plato que se deja disfrutar con sabores que, si bien no son nuevos, entretienen el paladar sin darle impresiones duraderas ni revelaciones epifánicas.

6.5/10 Muy interesante.

Argo-fuck yourself


Argo
2012
Dir. Ben Affleck; Guión de Chris Terrio

Nominada a 7 premios Oscar 2013, incluyendo Mejor Película.



Ben Affleck (Armageddon, Pearl Harbor) ganando una tonelada de premios por mejor dirección es una realidad que muchos, especialmente la rama de directores de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas (la encargada de entregar los Oscar), se niega rotundamente a aceptar. Pero está pasando frente a nuestros ojos, y es prudente reconocer que el otrora conocido como un mediocre actor de superproducciones fácilmente olvidables se ha convertido en un director de peso dentro de la industria; sus dos primeras películas fueron recibidas con calidez por parte de la crítica y ésta, su tercera, está resonando con decibeles ensordecedores para derrotar a Lincoln este 24 de febrero y llevarse la preciada estatuilla a la mejor película del año. Nadie sabe realmente el por qué la arribista Academia no se lo toma en serio: su pasado con humildes dotes actorales, su presencia en una de las peores películas de la historia (Gigli, 2003), pero Affleck parece condenado a ser otro más de esos directores cuyas películas son nominadas y premiadas sin ser ellos mismos reconocidos como los individuos responsables por la calidad unificadora de dicha producción, tal y como Christopher Nolan fue ignorado en la categoría de Mejor Director hace 2 años por dirigir Inception. Pero sabe Alá que en nuestros corazones sí está nominado, y hasta gana.

Argo es la historia real del rescate de seis diplomáticos norteamericanos atrapados durante una crisis revolucionaria en Irán, en 1980. La CIA se enfrenta ante una seria escasez de estrategias hasta que Tony Méndez (acá interpretado por Ben Affleck) da con la mejor mala idea en la historia de las malas ideas: elaborar una compleja trama de filmación de una falsa película en terreno iraní para hacer pasar a los seis diplomáticos como parte de un equipo de rodaje canadiense, y así poder pasarlos por la rigurosísima aduana hasta la libertad. La primera mitad de la película, abocada en desarrollar el cómo se ideó y armó toda la falsa película de ciencia ficción (llamada precisamente ‘Argo’), es fácilmente una de las piezas más graciosas y mejor escritas del año – diálogos agudísimos, precisos, sarcásticos y aún así nunca banales ni peyorativos hacia los personajes ni la historia en sí. La segunda mitad, que detalla la accidentada ejecución del plan (siempre tomando en cuenta que el guionista se tomó más de una o dos libertades en la dramatización), da un vuelco total y Affleck la construye como una tensa carrera de obstáculos donde siempre se está a media palabra de ser descubiertos y ejecutados en plena plaza pública iraní. El montaje y los artificios de Affleck para mantener y acrecentar la tensión en momentos críticos son, si bien en partes mínimas algo cliché, tremendamente efectivos y los últimos 10-15 minutos, la parte final del plan, son de un nivel casi hitchcockiano.



Punto aparte es el análisis del posicionamiento ideológico, que cae sutilmente, pero cae de todos modos, en una exaltación del heroísmo gringo típico que salva el día. Si bien acá está hecho con mejor gusto, siguen siendo cuestionables las circunstancias que detonaron todo el episodio en particular, y por consiguiente, la representación que se realiza de los hechos políticos y el sabor que se desprende del accionar norteamericano en la generación primera del conflicto que muestra la película. Para debatir. Lo que también es tema de discusión es la inmerecida ausencia de Ben Affleck en una categoría que, si no fuese por Ang Lee (Life of Pi, ‘Una Aventura Extraordinaria’), debería ganar de lleno. Esperemos sin embargo, que la Academia supere su arribismo y le entregue a Argo un muy bien merecido reconocimiento a Mejor Película del año que acaba de dejarnos.

7.5/10 Muy recomendable.

De Dios y del Hombre



Life of Pi (‘Una Aventura Extraordinaria’)
2012
Dir. Ang Lee

Nominada a 11 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Temas controversiales por excelencia, en particular en la actualidad cuando se les utiliza tristemente para justificar crímenes de odio y legislaciones discriminatorias, Dios y la religión son tópicos que, a veces justamente y otras no, se han ganado arranques de ira y deseos de funa por la pura mención de su nombre. Todos conocemos (o hasta somos) un quemaiglesias. Hay quienes no creen en una forma superior de inteligencia y se apoyan en una visión pragmática y científica del mundo, y hay quienes simplemente gozan escupiendo en las creencias de quienes sí han encontrado el significado de sus vidas a través de la religión, cualquiera sea ésta. ¿Cómo entonces, se puede hacer una película que sugiera la omnipresencia de una divinidad, sin ser cursi, canuta, de mal gusto, como para ocupar iconografía cristiana explícita o lugares comunes de la fe para meternos la idea de Dios por nuestras incrédulas gargantas? ¿Cómo puede una película sobre Dios y la fe defenderse ante un público tan vastamente hostil hacia la sola idea de una inteligencia superior, tal y como ha sido tratada hasta ahora?

Ang Lee ha abordado antes temas controversiales con notable éxito. Aunque no es de mi gusto particular, Brokeback Mountain (‘Secreto en la Montaña’) probó que Lee era capaz de encontrar el núcleo emocional de una historia dejando de lado los prejuicios de sus particularidades, sabiendo contar una historia de amor conmovedora en un contexto que puso a prueba muchas sensibilidades, orgullos y estómagos, particularmente gringos. Así como relató con habilidad una épica romántica entre dos cowboys homosexuales, ahora se embarca en la tremenda tarea de filmar una novela que se consideraba imposible de traducir al cine, sobre un chico que reafirma su fe en Dios al quedar varado luego de un naufragio sólo en compañía de un temerario tigre de Bengala. Y la verdad es que el resultado es, como el personaje invisible al que alude la historia, divino.



Lee tiene un tremendo ojo para la contención y la evasión de las emociones baratas, el planteamiento sutil de una sugestión por sobre una argumentación tediosa, y una sensibilidad narrativa y visual que encajan perfecto con una película que tiene, por al menos en un 70% de su duración total, a un solo personaje en medio del océano. La película no emprende el ejercicio patético de explicar las razones por las que todos nosotros deberíamos creer en Dios. No nos mete por ninguna parte el discurso de que Jesús murió por nosotros y bautícese ahora. Opera, al contrario, como una parábola con una historia extraordinaria que deja espacio para la reflexión, y la decisión sobre la presencia o no de una voluntad divina con propósitos ulteriores a lo que se puede ver a simple vista. Es una exploración, en cierta forma contraargumentativa pero nunca insistente ni agresiva, sobre la lógica que provoca la incredulidad de quienes dicen que Dios no existe porque hay guerra, porque hay hambre, porque un familiar no se sanó de una enfermedad, y por todo lo malo que hay en el mundo en general; es una maravillosa historia sobre el por qué Dios envía moscas a una herida que debería sanar, por qué envía tormentas y hambre a un chico varado en el mar siendo presa fácil de un tigre, y cuál es el propósito último de todo ese sufrimiento. Sin limitarse solamente a la idea del Dios cristiano, lo que sugiere y deja en espacio reflexivo es en general la posibilidad de una entidad superior a nosotros. Es una historia sobre el significado de la vida, sobre el sentido de las cosas, del dolor y lo que está más allá de nosotros, envuelta en un paquete magnífico de bellísima fotografía del chileno Claudio Miranda, poderosa música de Mychael Danna, y algunos de los mejores efectos especiales del año (el tigre es 85% digital, increíblemente bien logrado), incluso vastamente superiores a las superproducciones favoritas de Los Vengadores y Prometeo. Es, sin desmerecer a Argo ni Zero Dark Thirty, mi favorita del grupo de nominadas de este año.

8/10 Obra maestra.

Hanekeísmo: Especial Oscar #2


Amour
2012
Guión y dirección: Michael Haneke

Nominada a 5 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Puede que sea un tema de karma, como Chile y Brasil en el fútbol (ok díganme que no acabo de hacer una analogía futbolística), pero es la segunda vez que Haneke es el candidato a quedarse  con el Oscar/Globo de Oro y dejar a Chile con las manos vacías – la primera vez en 2010, cuando La Nana perdió en los Globos de Oro ante Das Weisse Band: Ein deutsche Kindergeschichte, y ahora que No compite con Amour, las posibilidades son vergonzosamente parciales y parece casi seguro que en su primera nominación en la historia, Chilito se vaya perdedor. Qué se le va a hacer más que aceptar lo obvio.

Dejando la triste realidad de lado, Amour es una película profundamente hanekeana, para bien y para mal. Aquellos familiarizados con el cine del realizador austríaco sabrán que su firma más reconocible es la narrativa austera, distante y consistentemente sórdida – características que funcionaron a la perfección en Das Weisse Band, la historia de la generación de niños alemanes que crecieron para convertirse en los propulsores del nacionalsocialismo. Ahora, muchos aplausos se ha adjudicado Haneke realizando una historia que se ha catalogado como “muy poco característica de su estilo” y “sorprendentemente tierna y sensible”, cuando la verdad es que su único mérito es haber formulado una historia que naturalmente sería tierna y sensible, y luego tratarla de la misma forma en que ha tratado todo lo demás. Fantástico, porque logró evitar que se convirtiera en una película de domingo en la tarde de Megavisión, pero más allá de eso, Haneke simplemente no puede despegarse de su necesidad visceral de mantener todo a temperaturas glaciales.

La verdad es que Amour sí es a ratos tierna y sensible, y aún más generosamente, lo es durante sus primeros y aproximados tres cuartos; la delicada y mínima historia de un matrimonio de ancianos enfrentados al progresivo decaimiento de la esposa (Emmanuelle Riva), logra utilizar la austeridad como método dosificador para entregar, en cada escena, el toque justo de sutileza y despliegue actoral que requiere el terrible proceso de ver el lado más cruel de la vejez. Aquí también se manifiesta el gusto por la sordidez de Haneke – pero válida y sensiblemente, en la forma de representar, pero no explotar, el viaje de Riva desde las primeras señales de deterioro hasta la total dependencia de su marido, Jean-Louis Trintignant, quien debe asistirla para comer, realizar funciones básicas, y ayudarla a no perder la facultad de hablar y comunicarse. Amour es la exploración más mínima y cotidiana del amor, aquel que no necesita cruzar océanos ni montañas ni absurdas pruebas de comedia romántica para validarse, sino la aceptación y el cuidado del otro mientras se hace obvio que no queda más que suavizar el proceso de morir. Hasta ese punto, la película es un logro maravilloso. Después Haneke debe recordarnos su amor por lo sórdido y, decide estropearlo todo con un final que si bien es coherente con la versión más romántica del amor que profesa, no deja de ser tremendamente innecesario y gratuito.

                                                           ALERTA DE SPOILERS

Porque sí, la idea en sí es coherente y se comprenden sus intenciones, pero ¿por qué? ¿Por qué, Haneke, Jean-Louis termina asfixiando a su esposa con una almohada hasta matarla, y conviertes un silencioso viaje de dolor y compromiso en una historia de asesinato geriátrico? ¿Por qué este gusto ridículo de traer tu sordidez hasta a la historia que más crecería sin ella? Amour era posible sin esto y podría haber tenido un final que expresara lo mismo (el deseo por traerle paz y cese al dolor de quien se ama) de formas mucho más efectivas. Pero no. No podía darle un toque distinto. Y aunque todo el mundo te aplaude, Michael, yo me niego a darte mi beneplácito, por tu enraizada incapacidad para salirte de tu propia zona de comodidad.

                                                               FIN DE SPOILERS


Y procedo a realizar algo que hasta ahora no había hecho:
Los primeros 100 minutos de Amour: 7/10 Recomendable.
Los últimos 20 min: 5/10 Regular.

Promedio: 6/10 Interesante.


Especial Oscar #1


Zero Dark Thirty

Dir. Kathryn Bigelow
2012

Nominada a 5 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Es bien sabido que Hollywood es un lugar profundamente politizado. Más veces de las soportables ha sido el nido de producciones que hieden al inconfundible y exacerbado patriotismo gringo, y no sólo acá es posible ver el alcance de sus mecanismos; las ceremonias de premiación son también un lugar común de maquinaciones que ya poco tienen que ver con la calidad del trabajo que dicen recompensar, sino con una serie de conveniencias y agendas políticas que siguen igual de vigentes que hace 50 años cuando se prohibía a los acusados de comunismo el recibir una nominación a los Oscar. En este contexto en que las artes, y en particular el cine, son usados para apoyar la agenda política estadounidense, es bastante difícil encontrar un ejemplo que se atreva a criticarla y, más aún, ser reconocida por ello (un gesto que me parece igualmente sospechoso). Quizá obligatoriamente tenía que venir de la mano de Kathryn Bigelow, la medianamente desconocida realizadora que de un día para otro salió con The Hurt Locker en 2009 y se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a Mejor Director, que lentamente se construyó fama de autora de cine político y que pasó de tratar la guerra de Irak (Hurt Locker) a la larga caza de Osama Bin Laden post 9/11.

Zero Dark Thirty es, a lo menos, fascinante. Más estructurada y tensa que The Hurt Locker, detalla la odisea norteamericana por dar con el paradero de Bin Laden a través de un número de pistas falsas, vacíos legales y estrategias erróneas, contada desde el esfuerzo de Maya (Jessica Chastain), una agente de la CIA que ve su trabajo, a lo largo de la década que dura la búsqueda, convertirse en una obsesión. Si bien dura dos horas y media, no tiene problemas de ritmo de montaje y exuda un logro tremendo en todas sus áreas: desde el astuto guión, las tremendas actuaciones (particularmente Chastain), una dirección segura y profundamente profesional, y las agallas de tratar un tema que siempre ha sido objeto de controversia: el uso de la tortura como medio de obtención de información, o como a los gringos les gusta llamarla, Enhanced Interrogation Techniques (Métodos Mejorados de Interrogación).



El tópico de la tortura es capcioso y curioso. La controversia radica particularmente en que Bigelow y Mark Boal, el guionista, obtuvieron información clasificada durante la etapa de investigación que explicitaría el recurso de la tortura como un método común en las interrogaciones de sospechosos, y parte clave del éxito de la operación. Rápidamente una serie de políticos y hasta críticos de cine se apresuraron a descalificar la representación de la tortura como una exageración sensacionalista que se contradecía absolutamente con la realidad, produciendo cómicamente la impresión contraria. Hay incluso una escena en la que algunos secundarios hablan mientras Barack Obama niega férreamente el uso de tortura en una entrevista televisiva, derivando en un silencio y miradas culposas entre los personajes. Si bien es poco sutil, es una escena que dentro de sus intenciones casi cómicas, funciona perfectamente dentro de la postura que establece la película. Sea verdad o no si realmente se torturó, Bigelow se ha defendido de las acusaciones con una aseveración que apoyo completamente: la representación de una realidad no connota apoyo a ésta, y si así fuera nadie, ni escritores, ni artistas en general, podrían hablar sobre conductas inhumanas sin ser acusados de promoverlas.
Ahora, si los políticos y acusadores en general realmente estuviesen en contra de la película como dicen estarlo, la copia original de Zero Dark Thirty hace rato que estaría incendiándose en algún remoto búnker de Texas. Porque se sabe que los gringos han hecho cosas bastante peores que prohibir la exhibición de una película que perjudica su imagen.

7.5/10 Muy recomendable.