Argo-fuck yourself


Argo
2012
Dir. Ben Affleck; Guión de Chris Terrio

Nominada a 7 premios Oscar 2013, incluyendo Mejor Película.



Ben Affleck (Armageddon, Pearl Harbor) ganando una tonelada de premios por mejor dirección es una realidad que muchos, especialmente la rama de directores de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas (la encargada de entregar los Oscar), se niega rotundamente a aceptar. Pero está pasando frente a nuestros ojos, y es prudente reconocer que el otrora conocido como un mediocre actor de superproducciones fácilmente olvidables se ha convertido en un director de peso dentro de la industria; sus dos primeras películas fueron recibidas con calidez por parte de la crítica y ésta, su tercera, está resonando con decibeles ensordecedores para derrotar a Lincoln este 24 de febrero y llevarse la preciada estatuilla a la mejor película del año. Nadie sabe realmente el por qué la arribista Academia no se lo toma en serio: su pasado con humildes dotes actorales, su presencia en una de las peores películas de la historia (Gigli, 2003), pero Affleck parece condenado a ser otro más de esos directores cuyas películas son nominadas y premiadas sin ser ellos mismos reconocidos como los individuos responsables por la calidad unificadora de dicha producción, tal y como Christopher Nolan fue ignorado en la categoría de Mejor Director hace 2 años por dirigir Inception. Pero sabe Alá que en nuestros corazones sí está nominado, y hasta gana.

Argo es la historia real del rescate de seis diplomáticos norteamericanos atrapados durante una crisis revolucionaria en Irán, en 1980. La CIA se enfrenta ante una seria escasez de estrategias hasta que Tony Méndez (acá interpretado por Ben Affleck) da con la mejor mala idea en la historia de las malas ideas: elaborar una compleja trama de filmación de una falsa película en terreno iraní para hacer pasar a los seis diplomáticos como parte de un equipo de rodaje canadiense, y así poder pasarlos por la rigurosísima aduana hasta la libertad. La primera mitad de la película, abocada en desarrollar el cómo se ideó y armó toda la falsa película de ciencia ficción (llamada precisamente ‘Argo’), es fácilmente una de las piezas más graciosas y mejor escritas del año – diálogos agudísimos, precisos, sarcásticos y aún así nunca banales ni peyorativos hacia los personajes ni la historia en sí. La segunda mitad, que detalla la accidentada ejecución del plan (siempre tomando en cuenta que el guionista se tomó más de una o dos libertades en la dramatización), da un vuelco total y Affleck la construye como una tensa carrera de obstáculos donde siempre se está a media palabra de ser descubiertos y ejecutados en plena plaza pública iraní. El montaje y los artificios de Affleck para mantener y acrecentar la tensión en momentos críticos son, si bien en partes mínimas algo cliché, tremendamente efectivos y los últimos 10-15 minutos, la parte final del plan, son de un nivel casi hitchcockiano.



Punto aparte es el análisis del posicionamiento ideológico, que cae sutilmente, pero cae de todos modos, en una exaltación del heroísmo gringo típico que salva el día. Si bien acá está hecho con mejor gusto, siguen siendo cuestionables las circunstancias que detonaron todo el episodio en particular, y por consiguiente, la representación que se realiza de los hechos políticos y el sabor que se desprende del accionar norteamericano en la generación primera del conflicto que muestra la película. Para debatir. Lo que también es tema de discusión es la inmerecida ausencia de Ben Affleck en una categoría que, si no fuese por Ang Lee (Life of Pi, ‘Una Aventura Extraordinaria’), debería ganar de lleno. Esperemos sin embargo, que la Academia supere su arribismo y le entregue a Argo un muy bien merecido reconocimiento a Mejor Película del año que acaba de dejarnos.

7.5/10 Muy recomendable.

De Dios y del Hombre



Life of Pi (‘Una Aventura Extraordinaria’)
2012
Dir. Ang Lee

Nominada a 11 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Temas controversiales por excelencia, en particular en la actualidad cuando se les utiliza tristemente para justificar crímenes de odio y legislaciones discriminatorias, Dios y la religión son tópicos que, a veces justamente y otras no, se han ganado arranques de ira y deseos de funa por la pura mención de su nombre. Todos conocemos (o hasta somos) un quemaiglesias. Hay quienes no creen en una forma superior de inteligencia y se apoyan en una visión pragmática y científica del mundo, y hay quienes simplemente gozan escupiendo en las creencias de quienes sí han encontrado el significado de sus vidas a través de la religión, cualquiera sea ésta. ¿Cómo entonces, se puede hacer una película que sugiera la omnipresencia de una divinidad, sin ser cursi, canuta, de mal gusto, como para ocupar iconografía cristiana explícita o lugares comunes de la fe para meternos la idea de Dios por nuestras incrédulas gargantas? ¿Cómo puede una película sobre Dios y la fe defenderse ante un público tan vastamente hostil hacia la sola idea de una inteligencia superior, tal y como ha sido tratada hasta ahora?

Ang Lee ha abordado antes temas controversiales con notable éxito. Aunque no es de mi gusto particular, Brokeback Mountain (‘Secreto en la Montaña’) probó que Lee era capaz de encontrar el núcleo emocional de una historia dejando de lado los prejuicios de sus particularidades, sabiendo contar una historia de amor conmovedora en un contexto que puso a prueba muchas sensibilidades, orgullos y estómagos, particularmente gringos. Así como relató con habilidad una épica romántica entre dos cowboys homosexuales, ahora se embarca en la tremenda tarea de filmar una novela que se consideraba imposible de traducir al cine, sobre un chico que reafirma su fe en Dios al quedar varado luego de un naufragio sólo en compañía de un temerario tigre de Bengala. Y la verdad es que el resultado es, como el personaje invisible al que alude la historia, divino.



Lee tiene un tremendo ojo para la contención y la evasión de las emociones baratas, el planteamiento sutil de una sugestión por sobre una argumentación tediosa, y una sensibilidad narrativa y visual que encajan perfecto con una película que tiene, por al menos en un 70% de su duración total, a un solo personaje en medio del océano. La película no emprende el ejercicio patético de explicar las razones por las que todos nosotros deberíamos creer en Dios. No nos mete por ninguna parte el discurso de que Jesús murió por nosotros y bautícese ahora. Opera, al contrario, como una parábola con una historia extraordinaria que deja espacio para la reflexión, y la decisión sobre la presencia o no de una voluntad divina con propósitos ulteriores a lo que se puede ver a simple vista. Es una exploración, en cierta forma contraargumentativa pero nunca insistente ni agresiva, sobre la lógica que provoca la incredulidad de quienes dicen que Dios no existe porque hay guerra, porque hay hambre, porque un familiar no se sanó de una enfermedad, y por todo lo malo que hay en el mundo en general; es una maravillosa historia sobre el por qué Dios envía moscas a una herida que debería sanar, por qué envía tormentas y hambre a un chico varado en el mar siendo presa fácil de un tigre, y cuál es el propósito último de todo ese sufrimiento. Sin limitarse solamente a la idea del Dios cristiano, lo que sugiere y deja en espacio reflexivo es en general la posibilidad de una entidad superior a nosotros. Es una historia sobre el significado de la vida, sobre el sentido de las cosas, del dolor y lo que está más allá de nosotros, envuelta en un paquete magnífico de bellísima fotografía del chileno Claudio Miranda, poderosa música de Mychael Danna, y algunos de los mejores efectos especiales del año (el tigre es 85% digital, increíblemente bien logrado), incluso vastamente superiores a las superproducciones favoritas de Los Vengadores y Prometeo. Es, sin desmerecer a Argo ni Zero Dark Thirty, mi favorita del grupo de nominadas de este año.

8/10 Obra maestra.

Hanekeísmo: Especial Oscar #2


Amour
2012
Guión y dirección: Michael Haneke

Nominada a 5 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Puede que sea un tema de karma, como Chile y Brasil en el fútbol (ok díganme que no acabo de hacer una analogía futbolística), pero es la segunda vez que Haneke es el candidato a quedarse  con el Oscar/Globo de Oro y dejar a Chile con las manos vacías – la primera vez en 2010, cuando La Nana perdió en los Globos de Oro ante Das Weisse Band: Ein deutsche Kindergeschichte, y ahora que No compite con Amour, las posibilidades son vergonzosamente parciales y parece casi seguro que en su primera nominación en la historia, Chilito se vaya perdedor. Qué se le va a hacer más que aceptar lo obvio.

Dejando la triste realidad de lado, Amour es una película profundamente hanekeana, para bien y para mal. Aquellos familiarizados con el cine del realizador austríaco sabrán que su firma más reconocible es la narrativa austera, distante y consistentemente sórdida – características que funcionaron a la perfección en Das Weisse Band, la historia de la generación de niños alemanes que crecieron para convertirse en los propulsores del nacionalsocialismo. Ahora, muchos aplausos se ha adjudicado Haneke realizando una historia que se ha catalogado como “muy poco característica de su estilo” y “sorprendentemente tierna y sensible”, cuando la verdad es que su único mérito es haber formulado una historia que naturalmente sería tierna y sensible, y luego tratarla de la misma forma en que ha tratado todo lo demás. Fantástico, porque logró evitar que se convirtiera en una película de domingo en la tarde de Megavisión, pero más allá de eso, Haneke simplemente no puede despegarse de su necesidad visceral de mantener todo a temperaturas glaciales.

La verdad es que Amour sí es a ratos tierna y sensible, y aún más generosamente, lo es durante sus primeros y aproximados tres cuartos; la delicada y mínima historia de un matrimonio de ancianos enfrentados al progresivo decaimiento de la esposa (Emmanuelle Riva), logra utilizar la austeridad como método dosificador para entregar, en cada escena, el toque justo de sutileza y despliegue actoral que requiere el terrible proceso de ver el lado más cruel de la vejez. Aquí también se manifiesta el gusto por la sordidez de Haneke – pero válida y sensiblemente, en la forma de representar, pero no explotar, el viaje de Riva desde las primeras señales de deterioro hasta la total dependencia de su marido, Jean-Louis Trintignant, quien debe asistirla para comer, realizar funciones básicas, y ayudarla a no perder la facultad de hablar y comunicarse. Amour es la exploración más mínima y cotidiana del amor, aquel que no necesita cruzar océanos ni montañas ni absurdas pruebas de comedia romántica para validarse, sino la aceptación y el cuidado del otro mientras se hace obvio que no queda más que suavizar el proceso de morir. Hasta ese punto, la película es un logro maravilloso. Después Haneke debe recordarnos su amor por lo sórdido y, decide estropearlo todo con un final que si bien es coherente con la versión más romántica del amor que profesa, no deja de ser tremendamente innecesario y gratuito.

                                                           ALERTA DE SPOILERS

Porque sí, la idea en sí es coherente y se comprenden sus intenciones, pero ¿por qué? ¿Por qué, Haneke, Jean-Louis termina asfixiando a su esposa con una almohada hasta matarla, y conviertes un silencioso viaje de dolor y compromiso en una historia de asesinato geriátrico? ¿Por qué este gusto ridículo de traer tu sordidez hasta a la historia que más crecería sin ella? Amour era posible sin esto y podría haber tenido un final que expresara lo mismo (el deseo por traerle paz y cese al dolor de quien se ama) de formas mucho más efectivas. Pero no. No podía darle un toque distinto. Y aunque todo el mundo te aplaude, Michael, yo me niego a darte mi beneplácito, por tu enraizada incapacidad para salirte de tu propia zona de comodidad.

                                                               FIN DE SPOILERS


Y procedo a realizar algo que hasta ahora no había hecho:
Los primeros 100 minutos de Amour: 7/10 Recomendable.
Los últimos 20 min: 5/10 Regular.

Promedio: 6/10 Interesante.


Especial Oscar #1


Zero Dark Thirty

Dir. Kathryn Bigelow
2012

Nominada a 5 premios Oscar 2013, incluida Mejor Película.



Es bien sabido que Hollywood es un lugar profundamente politizado. Más veces de las soportables ha sido el nido de producciones que hieden al inconfundible y exacerbado patriotismo gringo, y no sólo acá es posible ver el alcance de sus mecanismos; las ceremonias de premiación son también un lugar común de maquinaciones que ya poco tienen que ver con la calidad del trabajo que dicen recompensar, sino con una serie de conveniencias y agendas políticas que siguen igual de vigentes que hace 50 años cuando se prohibía a los acusados de comunismo el recibir una nominación a los Oscar. En este contexto en que las artes, y en particular el cine, son usados para apoyar la agenda política estadounidense, es bastante difícil encontrar un ejemplo que se atreva a criticarla y, más aún, ser reconocida por ello (un gesto que me parece igualmente sospechoso). Quizá obligatoriamente tenía que venir de la mano de Kathryn Bigelow, la medianamente desconocida realizadora que de un día para otro salió con The Hurt Locker en 2009 y se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a Mejor Director, que lentamente se construyó fama de autora de cine político y que pasó de tratar la guerra de Irak (Hurt Locker) a la larga caza de Osama Bin Laden post 9/11.

Zero Dark Thirty es, a lo menos, fascinante. Más estructurada y tensa que The Hurt Locker, detalla la odisea norteamericana por dar con el paradero de Bin Laden a través de un número de pistas falsas, vacíos legales y estrategias erróneas, contada desde el esfuerzo de Maya (Jessica Chastain), una agente de la CIA que ve su trabajo, a lo largo de la década que dura la búsqueda, convertirse en una obsesión. Si bien dura dos horas y media, no tiene problemas de ritmo de montaje y exuda un logro tremendo en todas sus áreas: desde el astuto guión, las tremendas actuaciones (particularmente Chastain), una dirección segura y profundamente profesional, y las agallas de tratar un tema que siempre ha sido objeto de controversia: el uso de la tortura como medio de obtención de información, o como a los gringos les gusta llamarla, Enhanced Interrogation Techniques (Métodos Mejorados de Interrogación).



El tópico de la tortura es capcioso y curioso. La controversia radica particularmente en que Bigelow y Mark Boal, el guionista, obtuvieron información clasificada durante la etapa de investigación que explicitaría el recurso de la tortura como un método común en las interrogaciones de sospechosos, y parte clave del éxito de la operación. Rápidamente una serie de políticos y hasta críticos de cine se apresuraron a descalificar la representación de la tortura como una exageración sensacionalista que se contradecía absolutamente con la realidad, produciendo cómicamente la impresión contraria. Hay incluso una escena en la que algunos secundarios hablan mientras Barack Obama niega férreamente el uso de tortura en una entrevista televisiva, derivando en un silencio y miradas culposas entre los personajes. Si bien es poco sutil, es una escena que dentro de sus intenciones casi cómicas, funciona perfectamente dentro de la postura que establece la película. Sea verdad o no si realmente se torturó, Bigelow se ha defendido de las acusaciones con una aseveración que apoyo completamente: la representación de una realidad no connota apoyo a ésta, y si así fuera nadie, ni escritores, ni artistas en general, podrían hablar sobre conductas inhumanas sin ser acusados de promoverlas.
Ahora, si los políticos y acusadores en general realmente estuviesen en contra de la película como dicen estarlo, la copia original de Zero Dark Thirty hace rato que estaría incendiándose en algún remoto búnker de Texas. Porque se sabe que los gringos han hecho cosas bastante peores que prohibir la exhibición de una película que perjudica su imagen.

7.5/10 Muy recomendable.

The Hobbit: An Unexpected Journey


El Hobbit
2012
Dir. Peter Jackson



Nueve años después del cierre de la trilogía de LOTR, y de un sinnúmero de problemas legales, limbo productivo, y un momentáneo cambio de mano (a Guillermo Del Toro), Peter Jackson finalmente regresa a la Tierra Media junto a su séquito de colaboradores para embarcarse en otra aventura de hobbits, enanos, elfos e Ian McKellen. Era posiblemente el escenario más idóneo para la realización de la tan esperada precuela, con todos los responsables de la primera trilogía regresando para garantizar una visión íntegra y consecuente con todos los muchísimos puntos fuertes de la que considero, personalmente, uno de los trípticos más perfectos de la historia del cine.

Lo que tenemos ahora entre manos es la primera parte de la que hace poco fue anunciada como una nueva trilogía cuando originalmente se había considerado partir el libro en dos; sean éstas razones económicas o artísticas es tema de debate, pero el consenso parece ser éste: de vuelta están el humor, la calidez, y la belleza de la Tierra Media, pero completamente atrás se quedó la habilidad de Jackson de sintetizar y priorizar elementos relevantes de la historia. El Hobbit es prueba fehaciente de que hasta lo que se ve maravilloso no puede extenderse sin perder parte de su encanto – aun cuando apele a la nostalgia de sus fieles más acérrimos (me incluyo), no se puede negar que en más de un par de ocasiones Jackson pierde el foco y el sentido del ritmo y se dispersa hacia detalles que funcionan como trivia más que como engranajes vitales para el avance de la historia. En sí, la película está estructurada como una serie de repeticiones que constantemente se alternan entre secuencias de acción y distención, acción y distención, con una buena porción olvidándose de desarrollar personajes (de los cuales tiene bastantes) y trama en general. Esto resulta problemático si se lo piensa a gran escala en términos del conjunto de la trilogía: ¿es realmente necesario ocupar nueve horas en contar una historia que podría ser contada quizá en menos de seis, y hasta en buenas cuatro, como Retorno del Rey?

Jackson ha caído en una contradicción fundamental al afirmar que con El Hobbit quiso emprender una adaptación completa, al contrario de LOTR – con esta decisión, puede haberse ganado el corazón de los fans (en teoría), aunque en definitiva la opción sólo perjudique al público en general: en literatura uno PUEDE describir la cola del gato que pasa junto a la mesa del frente en un restorán; en cine, si no ayuda a mover la historia de alguna manera, está de más. El cine es economía narrativa. Y acá hay una abundancia extrema de colas de gatos; apéndices que relatan historias pasadas, acciones irrelevantes de personajes, y toda una plétora de detalles que el bien intencionado Jackson despliega sobre 170 minutos, pero que lamentablemente sólo dilatan el progreso dramático de la historia y a ratos depositan el interés casi exclusivamente en la apreciación de sus cualidades técnicas, por sobre la historia en sí. A ratos los paisajes importan más que los personajes.

Aún así, y acariciando con amor mi corazón de abuela, El Hobbit mantiene el bienvenido feeling de la Tierra Media gracias a su sentido del humor, su corazón que aunque disperso sigue latiendo fuerte, el regreso de un puñado de personajes muy queridos, y la música de Howard Shore que sitúa de inmediato en los terrenos más nostálgicos que dejamos pasar hace ya una década. Para disfrutar cada una de las 130 horas que dura.

6.5/10 Muy interesante

I wipe my ass with your human rights


CARNAGE
2011
dir. Roman Polanski


Me permitiré un pequeño parrafillo introductorio (y me disculpo si suena majadero) sobre historia del cine para entender de lleno sobre qué tipo de tierra se para Un Dios Salvaje.

 Bajo el concepto de obras de cámara, o chamber plays, se han producido algunas de las mejores películas de la historia del cine. Aunque es un concepto propiamente del teatro, fue adaptado a la cinematografía en los años ’20 principalmente por los alemanes (en lo que se conoció como Kammerspielfilm) y fue explotado por genios del calibre de F.W. Murnau, John Cassavettes e Ingmar Bergman. La gracia de la obra de cámara es que utiliza muy pocos personajes (generalmente tres o cuatro) en un espacio delimitado y claustrofóbico que fuerza una gran intimidad para con ellos, y siempre son estudios psicológicos profundos independiente de la tonalidad en que se interpreten – ya sea un drama corrosivo y denso como la gran ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966) o una comedia negra como la que nos acaba de entregar Roman Polanski, donde dos parejas de padres se sientan a discutir las circunstancias y consecuencias de una pelea que involucró a los hijos de ambos.

Siempre es un éxtasis ver cuando  los actores se divierten con el material que se les entrega, y ver a Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster y John C. Reilly ir socavando lentamente su carácter civilizado hasta caer en el más absurdo infantilismo y mutua destrucción es un espectáculo que, aunque minimalista, es raro de encontrar en estos días. Simplemente se nota demasiado que lo pasaron estupendo interpretando a personajes tan despreciables y aun así tan entrañables, explorando el cinismo y la superficialidad de los mecanismos del “comportamiento civilizado” y el “sentido de comunidad” que tanta gente se adjudica y que en verdad son de las creencias más petulantes e ingenuas que pueden existir. Toda la película (y la obra en que está basada) gira en torno a la premisa nihilista de que las buenas costumbres son en verdad miserables fachadas y que en verdad lo que nos gobierna es la pura violencia.

En míseros ochenta minutos Polanski logra dirigir a sus actores hacia un choque cuádruple caracterizado por un ritmo imparable aunque en ocasiones repetitivo y exhaustivo; siempre es un riesgo realizar una obra de cámara por el simple hecho de que la claustrofobia provocada por la utilización de un solo espacio asfixia muy pronto, y se vuelve una responsabilidad casi exclusiva de los actores (y el director) dejarlos llevar el peso de su encierro. Dicho eso, y reconociendo que son los cuatro protagonistas los que llevan exitosamente la película en sus espaldas, hay que decir que Polanski ha visto mejores tiempos en lo que se refiere a representar el encierro y la asfixia. Un director que produjo algunas de las mejores películas sobre el tema (Repulsión, El Arrendatario), acá se limita a dejar que la cámara y en general todos los recursos cinematográficos tomen un rol muy pasivo y secundario – al contrario de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? donde Mike Nichols le da notoriamente un feeling cinematográfico a lo que podría haber sido muy fácilmente una penosa muestra de “teatro filmado”. Un Dios Salvaje no cae en ese terreno tan triste, y hace bien en dejar que su elenco cargue el peso de todo sin forzar las visuales a ser innecesariamente artificiosas, pero sí se echa de menos un rol un poco más agresivo y creativo en la forma de abordar esta intervención de la privacidad.

6.5/10 Muy interesante.

Chile, La Alegría Ya Viene


No
Dir. Pablo Larraín
Guión: Pedro Peirano
2012



A propósito de revisar cierres de trilogías (refiriéndome a mi anterior review, el de Dark Knight Rises),  el tríptico cinematográfico que Pablo Larraín realizó en torno a la dictadura militar chilena tiene superhéroes y villanos delineados mucho más sutilmente, y de manera más ambigua y debatible. Comenzando con Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y culminando con No (2012), Larraín intentó hacer una especie de visibilización definitiva del tema dictadura dentro de la filmografía nacional en el formato ficción. No es que ningunee a Machuca (2004) y otras ni mucho menos, pero su ambición es notoriamente el instalarse como exámenes de la “verdad”, o al menos de la oposición, dentro de un contexto que siempre ha sido difícil de retratar por la misma realidad de este país tan difícilmente abarcable en su totalidad.

Viendo No, el tono de las dos películas anteriores se hace más coherente, pero no por ello más digerible. Reconociendo sus valores individuales, ambas películas pecan de una visión reduccionista y mal enfocada, siendo, personalmente, Post Mortem la que más se ve afectada por una realización distante, austera, típicamente divisiva entre sus ambiciones de público y su verdadera vocación como caballito de batalla de festivales. Tony Manero es más compleja pero fallida en tanto que inspecciona un tema muy interesante (industria cultural e importación de imaginarios en el período, el cómo la dictadura fue una puerta para que Chile fuera parte de una “economía globalizada” en el símbolo de un hombre que quería ser el personaje de una película gringa) y lo abandona entre ambigüedades varias. No, sin embargo, es algo completamente distinto.

Con un guión escrito por Pedro Peirano (que además exuda su sentido del humor sarcástico), No es una visión relativamente simple pero bien lograda sobre el proceso creativo detrás de la franja del No en el plebiscito de 1988. Lejos de ser distante y austera, es la primera de la trilogía con un tratamiento mucho más dinámico y ágil, y hasta humorístico; siendo ésta la característica más inteligente de la película en tanto que se trata a sí misma como la franja del No hizo consigo: apelando al humor y la creatividad, y no a la tragedia, no a la denuncia. Dentro de la trilogía, su lugar es coherente: siendo las dos películas anteriores una acusación de la violencia y los horrores de la dictadura, No es el examen del pequeño período en que se fraguó la manera en que se instigaría a la gente para votar por el cese del período. Su tema no es la dictadura en sí, aunque maneja parte de sus aristas y más que nada ya como retrospectivas y breves consecuencias; su foco es en realidad la mercantilización de la política y su estrecho vínculo con la publicidad – el “NO” tenía que ser vendido como un producto, y como tal lidia con los límites éticos de transformar una tragedia nacional en un bien de consumo.

La película inspira más debate del que plantea en sí misma – es una visión relativamente simple cuyo objetivo es contextualizar a una generación que se cree desvinculada de las consecuencias políticas de un hecho histórico que demasiadas veces ha querido meterse debajo de la alfombra como “pasado” – algo así como “Plebiscito ’88 para dummies”. Como tal, se enfrasca dentro del momento que retrata y no se proyecta como un análisis sobre qué supuestamente es a lo que estaría apuntando el nuevo Chile, el Chile del No; su estructura es la de una competencia, el de la búsqueda de la victoria, y no el análisis de qué estaría significando esa victoria, después que se consiga. Como tal, los más exigentes pueden criticarle este punto como una ingenuidad, pero a mi humilde parecer, No consigue realizar un retrato extremadamente interesante del fenómeno de batalla de creatividades que terminaron por jugar un rol decisivo en la historia de un país. Ahora, enfrentemos la verdad: la película es innegable, y decididamente, parcial: el humor de Peirano es partidista, y aunque lucha por ser sutil, la película transpira una actitud sarcástica hacia la clase dirigente de entonces, los autores detrás del Sí, y Pinochet mismo. Notable es la escena de la naranja entre Alfredo Castro y Jaime Vadell, una comprimida metáfora de la visión de la derecha sobre temas de materia país, tanto a nivel textual como visual.



7.5/10 Muy recomendable