Sobre el remake

La Máquina de Rehacer


Probablemente haya comunidades enteras que se reúnen los sábados en la tarde a debatir sobre la superioridad de una película original por sobre su remake, o etc., al calor de un cigarrillo y un vaso de alcohol, o jugo y galletas en su defecto. Por mucho que el grueso de la gente tenga cosas mucho mejores que hacer, como follar con sus novi@s y prenderse al son de la música, no estimo que dicho debate sea menor. La cuestión del remake es casi tan antigua como el cine mismo, recayendo tempranas responsabilidades sobre películas tales como The Ten Commandments (1956, remake de la película homónima de 1923), Ben-Hur (1959, de la película homónima de 1925), entre otras. En estos casos se deduce sin dificultad que las principales motivaciones para rehacer dichos filmes giraban en torno al aprovechamiento de los garrafales avances tecnológicos que surgieron en los treinta años que separan al original de su remake, más claramente el advenimiento del sonido y el Technicolor, que permitían llevar la cualidad épica de sus historias a la máxima realización y espectacularidad. ¿Sigue siendo así?

A pocos días de haber asistido al cine a ver The Wolfman (2010, dir. Joe Johnston), remake de la cinta de 1941, se hace aún más evidente que el fenómeno en cuestión es más un proceso de upgrade que un replanteamiento o refocalización de una historia previamente filmada. Son muchas las instancias que les permiten a los realizadores desplegar todo su poderío tecnológico en tanto que saturación de efectos especiales hechos por computador, y así se han encargado de demostrárnoslo. The Wolfman es sólo uno de los últimos ejemplos en donde una historia pasa por un proceso de upgrade que se focaliza sólo en su despliegue visual y despreocupa todos los otros elementos vitales del storytelling cinematográfico, como la gestación y desarrollo de personajes interesantes, manejo del suspenso y el drama, entre otros. Está claro que en la era digital la demanda por la saturación es inmensa y que las motivaciones de los estudios para hacer remakes es principal y enormemente económica, con la gente prefiriendo ver la versión IMAX/3D repleta de CGI de A Nightmare on Elm Street (2010) que su obsoleta original de 1984. Los costos de las películas se están disparando y así también el precio de las entradas, como analiza y comenta Gilles Lipovetsky en su estudio sobre el hipercine (La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, Barcelona, Anagrama, 2009). Somos testigos de un fenómeno particular en que las nuevas generaciones no están viendo películas que daten de más de 15 años, citando los filmes más antiguos como “ruidosos” en términos de calidad de imagen y sonido, y calificando al blanco y negro como una estética ‘adormecedora’. Es perfectamente entendible en tanto que la modernidad en que vivimos se caracteriza por la saturación de colores, el montaje MTV y su total gratuidad de espectáculo y festín visual, pero el problema al que nos abocamos desde un principio, el remake, guarda especial interés en tanto que este conflicto.



En sí, considero personalmente que el remake es una práctica cinematográfica tremendamente rica e interesante. No sólo permite elaborar conclusiones respecto a los cambios sociales y culturales que han ocurrido en los distintos períodos, sino que también es una forma que tienen dos construcciones diegéticas de dialogar la una con la otra, desde su punto de vista, con sus respectivos códigos y particularidades.

Sin embargo, para que esto ocurra y se genere un diálogo interesante, debe existir una relación simétrica entre ambas partes (o una asimétrica ascendente), y no jerárquica, como suele ocurrir. El curioso caso de la Psycho (1960) de Alfred Hitchcock y la de Gus Van Sant (1998) no está exento de una cierta lectura redentora, a pesar de haber sido un ejercicio universalmente repudiado. Van Sant rehizo el film de Hitchcock plano a plano, utilizando el guión original, algo que muy pocos realizadores (Michael Haneke entre ellos, que rehizo su propia Funny Games) habían incursionado en la praxis. Lo que se produce es un interesante contraste entre la calculada frialdad atmosférica de la original, y el uso de la saturación cromática y lumínica en el remake, fotografiado por Christopher Doyle (Héroe, 2002, dir. Zhang Yimou). No es una cuestión gratuita, ya que Hitchcock voluntariamente filmó la original en blanco y negro para producir un cierto efecto a través de su elección estética; cosa que Van Sant opta por revertir mediante el uso de una fotografía que exalta sus colores como para lograr lo mismo, pero por oposición. A su vez, es un experimento sobre la naturaleza de la mímesis, donde la equivalencia deja de ser un medio y se convierte en un fin por sí mismo. El gran problema de todo esto es, por supuesto, que se trata sólo de un ejercicio formal que carece de una verdadera reflexión de fondo más allá de las citadas, como para enunciar lo que sucede si se fotocopia un clásico 30 años después, a color.



La relación simétrica se daría cuando un remake se aboca hacia una búsqueda mayor; el ejercicio de Van Sant ciertamente aspiraba a dicha exploración, pero se quedó siendo un experimento estético más que una real respuesta contemporánea a la misma historia. Las posibilidades de un remake son prácticamente infinitas, porque suponen ya la completa asimilación de un mundo previamente creado, ahora a merced de una nueva visión que puede cuestionar, poner en jaque, refocalizar o desechar por completo sus códigos. Déjenme ponerlo de este modo: si alguien me ofreciera dirigir un remake de Persona (1966, dir. Ingmar Bergman), una de mis películas favoritas, sentiría que me estarían haciendo un favor e incluso una malcrianza, una indulgencia. Siento el placer culpable de citar dicha película en todas mis obras personales, de maneras que no resulten –tan- obvias, para citarla como influencia, más que como eterna búsqueda de absoluta inserción creativa. La alternativa de derechamente rehacerla, bajo mis propias interpretaciones, sensibilidades e ideas sobre la historia y sus cuestionamientos humanos y filosóficos, supone de ya una mirada fresca que podría llegar a justificar el ejercicio en tanto que ofrece la posibilidad de diseccionar y replantear, a modo de prisma, una realidad que antes se suponía inamovible. Hay que dejar de asumir que cada película es una verdad absoluta, ya que, como en la vida, el absolutismo es una ilusión. Cada película, como realidad, puede ser vista desde diferentes puntos de vista. Es una de las tantas formas que existen de intertextualidad, de poner en ejecución nuestra capacidad de interpretación. El problema ocurre, como lo hemos visto, cuando el rehacer nace sólo a causa de una maquinaria económica y no por el intento de ejecutar dicha capacidad de interpretar; sujeto a la industria, el rehacer obedece sólo a las demandas ad hoc del consumidor que pide inmediatez y satisfacción rápida, y no a una búsqueda por la reflexión que, al menos, intente justificar los excesos a los que se somete.

El caso de los remakes del género de horror es interesante por otros motivos. El que ha sido llamado el género más prostituido en la historia del cine –y lo es-, ha sufrido una oleada de replanteamientos en los últimos años. Remakes de prácticamente todas los clásicos de serial killers comenzaron a aparecer sucesivamente desde 2003, con The Texas Chainsaw Massacre (original de Tobe Hopper, 1974) como la primera víctima. Luego, vino Halloween, Friday the 13th, y este año se espera el upgrade de A Nightmare on Elm Street. Las comparaciones correspondientes sólo nos sirven para concluir que las representaciones del género se han vuelto más violentas y excesivas, abocadas sólo a satisfacer los gustos de las generaciones más recientes. Ciertamente esta dinámica del hiperexceso constituye un objeto de estudio por sí misma, pero para efectos del tópico presente, sólo nos sirve para dilucidar los cambios que ha sufrido la concepción de la violencia y su cualidad de entretenimiento.

Hay casos particulares, sin embargo, donde las posibilidades del remake son exploradas con plena intención de elaborar una segunda lectura. Steven Soderbergh hizo su propia versión de la novela Solaris de Stanislaw Lem en 2002, oponiéndose así a la adaptación que hizo de ella Tarkovsky en 1972. Concentrándose más que nada en la historia de amor entre Chris y Rheya, desechando los cuestionamientos más filosóficos y de mayor escala, Soderbergh exploró con brutal honestidad y sensibilidad la problemática instalada en la novela de Lem, sobre la “debilidad” humana de los sentimientos por sobre la razón, en la forma de un psicólogo que visita una estación espacial cuyo planeta orbitado, Solaris, crea réplicas de seres queridos; en el caso de Chris, su esposa muerta. Debatiéndose entre el torbellino emocional que le produce reencontrarse con su esposa, y la conciencia racional de saber que se trata de una copia, Chris es parte de un fascinante viaje hacia los mecanismos y las “fallas” de la psiquis humana. Por el contrario, la Solaris de Tarkovsky es plena en sus ambiciones y mucho más paciente en su construcción, explorando más a fondo los temas de la moral y su relación con las emociones humanas, la relación del hombre con inteligencia ajena a la suya, instalando así la pregunta ontológica. Ambas versiones, aunque nacidas a partir de un tercer texto no fílmico, engloban en el ámbito cinematográfico una visión distinta sobre una misma construcción, con sus diferentes focos, pero manteniendo la intención primordial de interpretar un mismo texto con una búsqueda en mente. El diálogo que se produce entre las dos es interesantísimo, aunque el propio Stanislaw Lem haya desechado ambas, incluyendo la de Tarkovsky. “No escribo sobre los problemas eróticos de la gente en el espacio”.



El remake también puede hacerse en base a una película universalmente vapuleada. Lo que sucede allí es lo que he llamado improvisadamente una relación asimétrica ascendente, donde el remake busca potenciar los elementos que anteriormente pudieron no haber sido aprovechados, para replantearlos y llevarlos a una expresión más acabada y plena. En la industria dichos casos son de lo más raro, pero son igual de interesantes. Así también, el también rarísimo caso de directores que rehacen sus propias películas (Hideo Nakata, Michael Haneke) son parte de una dinámica más o menos reciente en que películas extranjeras son re-hechas en los Estados Unidos para su mayor facilidad de distribución, empezando por el hecho de que al público norteamericano no le gusta –para nada- leer subtítulos, pero tampoco desea perderse propuestas interesantes.

A modo de conclusión, entendamos que las posibilidades del remake son infinitas e interesantes, pero que actualmente son transadas por las demandas de una industria que tiende a no comprender sus propios mecanismos de generación de un interés que venga acompañado de la siempre bienvenida oportunidad de pensar. Se me hace evidente que, tomando en cuenta el avance de la tecnología y su inminente necesidad de rehacer lo obsoleto, deberíamos esperar en unos 30 años más el remake de Avatar, que reemplazará su tecnología 3D / IMAX por la capacidad de ofrecer al espectador una conexión neurosensorial con la película. Como oler Pandora.


por Leonardo García Bello.

With My Own Eyes

Atonement
2007
dir. Joe Wright
Guión de Christopher Hampton



En este punto tan temprano del desarrollo de este blog, no es difícil darse cuenta que mis apreciaciones distan mucho de ser críticas objetivas. Son más bien adulaciones y reflexiones que nacen a partir de la identificación profundamente personal que siento respecto a los temas y personajes de ciertas películas, y como tal, la presente entrada sobre 'Atonement', no es diferente a las demás.

Lo que más me ha permanecido en la mente del visionado es el sonido de la máquina de escribir. Por algún tiempo durante mi adolescencia, mi papá traía a la casa, por el fin de semana, una de las máquinas de escribir de su oficina. Imagino que no habrá sido de completo agrado para mis cohabitantes, pero me perdía por horas tipeando poemas y capítulos de una incipiente primera novela sobre, precisamente, uno de mis primeros intentos de expiación personal. Ese sonido tiene que ser uno de los pocos fetiches auditivos que poseo, y no sin justificación se ha convertido en el símbolo de lo que 'Atonement' significó para mí.

Atonement ataca primero por los ojos. La lujosa fotografía de Seamus McGarvey (DP de The Hours) es una quemapupilas saturadísima de verdes, azules, blancos, planos pictóricos, travellings (por no mencionar el tremendo plano secuencia de 5 min en Dunkirk), que casi opaca el segundo ataque, esta vez auditivo: Dario Marianelli. Parece una idea muy básica la de haber incluido la textura y el ritmo de una máquina de escribir a la mezcla de la banda sonora, pero Marianelli la ocupa con gracia y potencia a la vez, aunque el mixing entre música, efectos de sonido y sonido directo puede resultar molesta al principio. Probablemente lo que más se quede dando vueltas en el subconciente al final sea la música (que de todos modos fue el mayor caballito de batalla del filme en cuanto a reconocimientos y premiaciones, incluido el Little Yellow Man), y con justificada razón, si la identidad musical de Atonement es, aunque reconocible, única en su especie, particularmente en el contexto temporal en que apareció. Finalmente, el tercer ataque seguido, que se expone junto a los dos anteriores en un lapsus cortísimo de tiempo, es el talento de la brillante -y pequeña- Saoirse Ronan, una maravilla con ojos asesinos, como resulta ser ella misma.

Mis afanes románticos-chickflick-periodmovielover quedaron totalmente expuestos. Parece reducirse a una cuestión de temporalidad; me encantan estas historias largas donde los personajes se desenvuelven a través de conflictos que se extienden por años, y con mucho gusto encontré que la última parte de Atonement guardaba especial similitud con la mencionada otra película fotografiada por Seamus McGarvey. Ese sentido de que todo halla un punto de convergencia mucho tiempo después, como pasa no pocas veces en la vida misma, en una vejez que obliga a enfrentar el pasado después de haber sido testigos de mucho de la vida de ese personaje, creo es la esencia de una historia memorable; te hace partícipe de no sólo un período muy reducido en la vida de un personaje, sino de todo un viaje que comprende que los seres humanos no son para nada en la vejez como eran a los 13 años. Es una especie de deseo de absolutismo. Esa riqueza de carácter épico es la que me fascina.

Irónicamente, Atonement no logra tanto expresar empatía por sus protagónicos como puede resultar por el análisis de la experiencia total a través de los ojos de Briony (porque, en estricto rigor, ella es la protagonista). Y he ahí el centro de esta larga escritura: como Briony Tallis, que ve en su arte la posibilidad de exorcizarse, redimirse y otorgar un 'último acto de bondad', la cuestión para mí también es una constante interrogación. ¿Hasta qué punto nuestro 'arte' es una responsabilidad social y, a la vez, un intento de redención personal? La mentira del arte puede buscar muchas cosas. Como en Who's Afraid of Virginia Woolf?, la mentira y las ilusiones personales sirven para parchar los agujeros más dolorosos y profundos de nuestra fallida existencia, de nuestros errores más vergonzosos, tal y como Briony expresa al final de la película. Pero, ¿es realmente un acto de bondad parchar los errores cometidos con una expresión artística, o sólo corresponde a un grado infantil de impotencia e inmadurez? Briony no tenía otra opción, como se darán/se dieron cuenta. Pero aún así, ese miedo a la condena, a la ausencia de una expiación, ¿no es finalmente lo que mueve falsas expresiones de bondad, de altruismo? ¿No pedimos perdón simbólicamente para evitar tener que exponer nuestras propias debilidades explícitamente, y poner en jaque nuestra chance de salvarnos? Atonement no está exenta de lecturas religiosas, partiendo por el origen judío de su concepto titular. Sería un error leerlo sólo desde ahí, puesto que se omite toda la dimensión humana laica de sus implicancias, pero es una fuerte fuente de segundas revisiones.

Atonement al final me hace pensar sobre lo que se logra con la mentira del arte; los que hacemos películas, los que escribimos para perdonar(nos), los que no cambiamos nombres en nuestras historias o los alteramos sutilmente para referirnos a quien queremos odiar, a quien queremos perdonar, a quien seguiremos amando en una fantasía literaria o fílmica pero que en la realidad estuvo lejos de ocurrir, no por una muerte, no por una guerra, sino por el simple hecho de que la vida tomó cursos diferentes.

Academi Aguards 2010




Dudo que se pueda hablar de algo parecido a una "fe" cuando el tópico en discusión concierne a AMPAS (Academy of Motion Picture Arts and Sciences), pero lo de anoche ciertamente resucitó un cierto espíritu de justicia. No puedo evitar ser peyorativo cuando me refiero al conflicto principal de dicha premiación, pero la disyuntiva entre Avatar y The Hurt Locker no es menor. A mucha gente le gustó Avatar, los hizo regresar a su infancia o un montón de otras emociones enraizadas en su espectacularidad visual (que es concretamente lo único que tiene). Y respeto eso (o intento hacerlo... ok, de hecho no, me río de ello, pero en fin), pero si bien la Academia pocas veces ha sido digna de respeto, la posibilidad inminente de otorgarle el premio mayor a esa película devela una serie de factores muy peligrosos para el cine en general. En primer lugar, la tecnificación absoluta. Aún me resulta polémica la decisión de nombrar a Mauro Fiore como el fotógrafo del año siendo que el trabajo visual en Avatar no concernía ningún trabajo fotográfico en sí, como es de esperarse en dicha categoría. Diseño de producción sí, efectos visuales, totalmente, pero ¿fotografía? Quisiera creer que se trata de un premio al mérito de haber viajado a Pandora, pero -sentido común mediante- sabemos que no es así. En segundo lugar, James Cameron estipuló (un tanto infructíferamente, como se verá más adelante) que se encontraba molesto porque las 'actuaciones' de sus personajes generados por photoshop no habían sido reconocidas. No sé exactamente cómo comenzar a diseccionar este problema, pero supongo que los resultados de la ceremonia misma hablan mejor que cualquier análisis inmediato: el mayor corpus electoral de la Academia es compuesto por actores, que ciertamente temblaron ante la ya progresiva amenaza de su extinción como performers ante la incorporación de personajes creados completamente mediante CGI, y Cameron fue la gota que hizo explotar el vaso. Estoy con ellos.

Por otro lado, el éxito de The Hurt Locker no es gratuito. En un año en que las favoritas estaban tremendamente contrastadas por una multiplicidad de factores, prevaleció un filme que no sólo costó muchísimo menos que Avatar, sino que recaudó una millonésima fracción que ésta. Históricamente, Hurt Locker es la menos popular de todas las películas ganadoras de los últimos 82 años. Políticamente hablando, esto es una gran desviación respecto de la norma electoral de AMPAS, puesto que hasta ahora ha sido requisito que sus elegidas sean tanto éxito de crítica como de público. Pero algo pasó anoche -entre todas las cosas que pasaron- que hizo prevalecer una película que nadie conoce por sobre una que nos tiene las pelotas hinchadas. Quizá tiene que ver con el problema de los actores, mencionado anteriormente; quizá tiene que ver con un sentido de self-righteousness, quizá se trate de un simple juego de ver a Cameron con su ego destruido. Pero en fin, la cosa es que la Academia se arriesgó a generar un enojo colectivo con la parte de sí misma que adora la popularidad (o sea su totalidad), porque mientras la mayoría esperaba que una película mediocre como Avatar ganara el premio a la popularidad, sus votantes escogieron una película pequeña, intimista, con suspenso a la antigua (y cuando digo antigua, es lo más básico de lo antiguo, una traducción literal de la dinámica del suspenso de Hitchcock), que terminó probando que ni dos billones y medio de dólares pueden superar el impacto de una historia humana bien lograda. Me alegro por anoche, lo digo con todo su patetismo pro-gringolandia.

Ganadores de la 82ª entrega de los Academy Awards, 2010

Mejor Película : 'The Hurt Locker'
Mejor Director : Kathryn Bigelow, 'The Hurt Locker'
Mejor Guión Original : Mark Boal, 'The Hurt Locker'
Mejor Guión Adaptado : Geoffrey Fletcher, 'Precious: Based on the Novel Push by Sapphire'
Mejor Actor : Jeff Bridges, 'Crazy Heart'
Mejor Actriz : Sandra Bullock, 'The Blind Side'
Mejor Actor de Reparto : Christoph Waltz, 'Inglourious Basterds'
Mejor Actriz de Reparto : Mo'Nique, 'Precious: Based on the Novel Push by Sapphire'
Mejor Cinematografía : 'Avatar'
Mejor Montaje : 'The Hurt Locker'
Mejor Dirección de Arte : 'Avatar'
Mejor Sonido : 'The Hurt Locker'
Mejor Edición de Sonido : 'The Hurt Locker'
Mejores Efectos Visuales : 'Avatar'
Mejor Banda Sonora Original : Michael Giacchino, 'Up'
Mejor Canción Original : 'Crazy Heart'
Mejor Maquillaje : 'Star Trek'
Mejor Vestuario : 'The Young Victoria'
Mejor Película Animada : 'Up'
Mejor Película Extranjera : 'El Secreto de sus Ojos', Argentina
Mejor Documental : 'The Cove'
Mejor Corto Documental : 'Music by Prudence'
Mejor Cortometraje : 'The New Tenants'
Mejor Cortometraje Animado : 'Logorama'

Birth, parte II



Véalo, es digno de una clase de manejo narrativo, técnica/cámara y actuación.


Birth
2004
Dir. Jonathan Glazer
Guión de Jean-Claude Carrière, Milo Addica y Jonathan Glazer


Supongo que es bastante común encontrarse con películas que no le hacen justicia a su concepto, pero Birth se me hace especial en este departamento porque, como suele pasarme, tengo conflictos personales con el tema. Nicole Kidman -haciendo de Nicole Kidman- enfrenta la muerte de su marido y, diez años después, ad portas de casarse nuevamente, un niño muy grave y nunca sonriente se aparece en su vida diciendo ser la reencarnación de su marido.

Mucha gente, hasta saber sólo eso de la trama, estalla en exclamaciones sobre la absurdez de su premisa y las implicaciones pedofílicas y blah blah blah. Los gringos le tienen mucho miedo a la pedofilia, y lo han demostrado en otras manifestaciones. En lo personal me encanta ver un tema así en una película, siempre y cuando se lo trate con la sutileza y el buen gusto que requiere. Birth lo intenta de un modo muy rústico, adoptando para sí un tratamiento muy formalista y austero que coarta sus posibilidades de identificación emocional con el tremendo conflicto por el que pasa su protagonista. Y para peor, en varios momentos no es ni sutil ni acreedora de buen gusto. Hay escenas de fascinante riesgo y una satisfactoria restricción de dirección y actuación, arruinadas por una sobre-insistencia en la monodimensionalidad de sus personajes y en la sugerencia de la obvia y peligrosa tensión sexual entre Kidman y el niño. Nadie habla de nada más que no sea el conflicto central, nadie se expone como algo más que una maquinación del centro temático. Y aún así (esto ya puede corresponder a apreciaciones más personales), el desarrollo se me hizo interesante a pesar de sus falencias, asumo que más porque el conflicto se me hacía más familiar por experiencia propia que por empatía o identificación lacaniana.

Kidman lucha contra una fuerza implacable de la mente humana y un enemigo absoluto del progreso y la maduración: la persistencia. A muchos de nosotros nos gustaría decir que hemos superado un episodio en particular o una persona en especial, y quizá sea posible hacerlo. Quizá lo sea. Pero es casi hipócrita pensar que no nos duele el pensar en una realidad alternativa en que las cosas sí funcionaron, que no hubo un fin abrupto del momento exacto en que la felicidad se hizo posible; una realidad alterna donde no hubo muerte, no hubo separación forzada, no hubo escición voluntaria. Las cosas funcionaron. Y lo más doloroso aún, no es asumir la posibilidad de esa realidad alterna, sino que sus caminos se crucen con la realidad presente. Si llegara el momento en que se nos ofreciera el retomar desde donde quedamos, de retomar esa pasada felicidad auténtica que no es la felicidad que parcha la ausencia, que no parcha la pérdida como un permio de consuelo que es obligación tomar, ¿qué se hace? ¿Se lo niega? Un individuo "maduro" diría que sí. Pero siempre, siempre, en lo profundo de nuestra culpabilidad humana, existe el deseo de que la persistencia se haga realidad. El personaje de Kidman transitó por ese camino, y tuvo la esperanza de que ese niño, una amenaza de todo tipo para su figura moral y social, fuera la encarnación de su marido. El punto no es la pedofilia, el punto no es la pseudo-historia de amor ni lo ilegal y ni siquiera el conflicto moral; es la característica básica humana del recordar cuándo y cómo se fue feliz, y de cómo eso desapareció, y de cómo nos gustaría que volviera. Es la pregunta que se hace Kidman en ese largo primer plano cuando atiende al concierto junto a su futuro nuevo marido, con su rostro mostrando las más fascinantes inflexiones de tristeza, duda, terror, conciencia súbita y esperanza. Es la pregunta que, si bien la película no logra elaborar por completo, termina de gestarse dentro de la cabeza de quien logra desechar las fallas de concepción y ejecución del filme y se queda con el meollo, con la pregunta terrible. Y con ese terriblemente angustiante final.

Quién Le Teme Al Hijo Ausente




Who's Afraid of Virginia Woolf?
1966
Dir. Mike Nichols
Guión de Ernest Lehman, basado en la obra de Edward Albee


Hacía tiempo que no tenía que tomarme una pausa de una película por razones que no fueran tener que salir, ir al baño o tener sexo. Y es que ver 130 minutos de diálogo imparable sobre personas descalificándose mutuamente a través de juegos sadomasoquistas, verbales y algunos físicos, cansa de manera sobrecogedora. Virginia Woolf es un potente y oscuro recordatorio de lo decadentes que pueden volverse las relaciones entre las personas cuando la convivencia expone sus fallas y deseos ocultos; es un insight con no despreciables tintes bergmanianos a los mecanismos de defensa de las personas en cuanto éstas ven amenazada su integridad, ya sea ésta legítima o una ilusión de rectitud.

Me sorprendió tempranamente el manejo de Nichols de un material sumamente teatral (cuatro personajes, una sola locación, y oleadas interminables de diálogo agudo y sofisticado, que no fueron alterados para la adaptación a cine), cuando podría haber caído muy fácilmente en la 'teatralización' de la imagen. Pero Virginia Woolf está hábilmente tejida en base a la conjugación de escala de planos que permiten su economía de locaciones y personajes. Por supuesto, esto deviene en una sensación in crescendo de claustrofobia que se refleja en el paulatino encierro en los rostros de los personajes, donde la fotografía de Haskell Wexler, a-la Sven Nykvist, ocupa los contrastes de un delicioso blanco y negro para oscurecer visualmente las caras de quienes van lentamente exponiendo sus abismos internos.

Sobre el tema central, debo decir y pseudo-confesar que me llegó bastante. Como propone intrincadamente el título, el cuestionamiento sobre el temor/amor a las ilusiones que construimos y adoptamos para parchar los fracasos de nuestras vidas, si bien acá puede parecer exagerado, no deja de ser pertinente a una universalidad. Todo el drama relativo al hijo de la pareja central, Taylor y Burton, es la fascinante culminación de dicha exploración, donde el hijo -idealizado o no- representa ya la más compleja y enfermiza necesidad por una otra vida, el recurso ficticio con el cual nos engañamos diariamente para que nuestra inevitable e inminente condición de fracasados no nos hiera en las fiestas que damos, en los brindis que proponemos, en las conversaciones más ínfimas sobre retrospectivas y anhelos futuros. Es una reflexión profundamente sobrecogedora y deprimente sobre el fracaso más rotundo de un ser humano, el conflicto del cómo soy/cómo debo ser llevado a una épica con cuatro personajes luchando desesperadamente por sostener las ilusiones que ocultan su pobreza humana.

Con esto que ha leído, le quedará claro que no es una película fácil de ver, pero como la vida misma, con sus dolores y derrotas, debe ser vivida.